Érase una vez…

Érase una vez…hace no tanto tiempo….

Érase una vez…

…un viernes de farra (de fiesta, de carrete, de copas, como le llames): un viernes que anochece mientras una se prepara para salir. Un viernes, mejor de primavera, que inaugura su noche en una terraza, con un par de cervezas. Y conversación, mucha conversación. Risas, bromas, conversaciones intrascendentes. Sin necesidad de mirar el teléfono constantemente. Si alguien se quiere unir, se une. Si alguien quiere algo, llamará. No hay miles de microsonidos y luces llamando tu atención desde ese teléfono constantemente (que antes cada vez era más pequeño y ahora otra vez es cada vez más grande)

Érase una vez…

…una cena romántica de sábado: un restaurante nuevo, a la luz de las velas, vuestra comida favorita, conversación, mucha conversación, coqueteo, indirectas, directas, conquista, reconquista, reencuentro (dependerá de en qué etapa de la vida te encuentres) Una cena romántica donde no escuchas de fondo el constante vibrar del teléfono (¿porque será que si no hay nada más importante que esa cena no lo pusimos en silencio?), donde te miras a los ojos, no mirando de reojo el móvil.

Érase una vez…

…una tarde de domingo de sofá, peli y manta: con tu pareja, con el ligue de turno, con amigas, con tus hijos. Una tarde de domingo donde te olvidabas de todos y te concentrabas en la película (aunque fuera la 15aba vez que veas Blancanieves) Una tarde de domingo donde no estabas mitad en la película mitad en el móvil (¿tan interesante es la última foto de instagram, el último tweet, la última actualización de Facebook que no pueden esperar al final de la película?)

Érase una vez…

..una tarde en el parque con tus hijos, donde aunque les hicieras mil fotos con el móvil (y probablemente sería con la cámara para tener una resolución decente en aquel entonces) estabas en el parque. No leyendo noticias, poniéndote al día con los mails o whatsapps o lo que sea. Estarías empujando a tu hijo en el columpio y hablando con el/ella, no contestando “uhum” mientras te concentras en el teléfono y le empujas con una mano. Estarías proponiéndole hacer castillos de arena juntos en vez de estar deseando que se siente tranquilo a hacerlos solo para poder chatear. Estarías observando como por primera vez ha subido al tobogán más algo y no le ha dado miedo tirarse solo, en vez de darle like a una publicación.

Y como éstos, hay muchos “Érase una vez” que para mi generación no nos quedan tan lejos. Quizá nuestros hijos no tengan más remedio que vivir inmersos en la tecnología, vivir a través de ella, con ella, a todas horas. Pero nosotros conocemos otra forma de hacerlas cosas, y es una pena que lo olvidemos.

Y no me exculpo. Al contrario, mea culpa. Lo hacemos todos (o casi). Yo lo hago. Pero no quiere decir que me gusta. Quiere decir que es muy difícil resistir la tentación. Hay tanto interesante en la web, y la información pasa tan rápido, que no queremos perdernos nada. Y pensamos que si no es en ese momento (y sirve cualquiera de los anteriores) no tenemos ni un segundo para hacerlo. Pero no sé si realmente necesitamos tanta información, no sé si nos hemos olvidado de lo que vale estar concentrado en lo que haces, sea lo que sea. Disfrutando de lo que haces, sintiendo lo que haces.

A lo mejor estamos olvidando cuánto nos gustaban esas confidencias entre amigas donde empezabas a hablar de cualquier cosa y terminabas confesando algo que no pensabas dirías nunca (y ese momento no se dá, si tu interlocutor está solo “medio” en la conversación); quizás olvidamos esa chispa que surge en el momento menos esperado en una cena romántica, o un encuentro casual para tomar una cerveza (y que te pierdes si le estas contando a tus amigas por whatsapp con quien te has encontrado); quizás se nos olvida cómo nos gusta la sonrisa de orgullo de nuestras hijos al tirarse de ese tobogán por primer vez (y la sonrisa no se ve igual en directo que con los filtros de instagram)

Reconozco que, viviendo tan lejos de tanta gente a la que quiero y que echo de menos, la masificación de skype, whatsapp, y similares me curó parte de la nostalgia. Ahora puedo escribirle a quien quiera, cuando quiera, contarle algo o ponerme al día en 4 lineas. Y si tenemos 6 horas de diferencia, ya me contestará mañana. Puedo ver a la familia, mis hijas pueden mantener contacto y hacer videoconferencias con amigas que ven unos días al año. Hay un millón de ventajas. no lo niego. Me gusta. Me encanta. Así como me encanta escribir en este blog, leer tantos otros blogs, subir fotos a instagram, soltar alguna frase por Facebook, y tantas otras cosas.

Pero quizás la distancia también me ayuda a comparar ambas cosas. Y sigo echando de menos una cena con amigas que dura horas, y en la que nos olvidábamos del teléfono, una maratón de pelis como las que hacía en al universidad donde no recuerdo ni mirar el móvil una sola vez, una buena quedada con una cerveza, o dos, o tres.

Pero creo que al ser la generación en la que ha ocurrido este “boom”, a veces se nos va la mano…y se nos olvida el tu a tu. Creo que se nos olvida desconectar un poco, y nos iría bien (estar aquí en un atasco es ver montones de conductores mirar sus teléfonos y calcular, de reojo, cuando tienen que frenar para no pegarse con el de delante…¿donde a quedado eso de poner la música a tope, o escuchar tu programa favorito y pasar el rato?).

Si mis hijas tienen un día hiperventilado como lo llamo yo (y suele ser habitual) lo peor que puedo hacer es estar pendiente del móvil. No puedo concentrarme al 100% en ambas cosas, y cuando estoy justo concentrada leyendo algo, me necesitan. Cuando vuelvo a mirar el móvil, me llaman “urgente urgente” y al final, empiezo a resoplar por no poder leer dos frases seguidas y es más facil que aparezca ese ogro que tengo bien escondido últimamente. ¿y si apago el móvil? ¿Y si lo dejo lejos desde que entro hasta que se duermen?

Si mientras duermo a mi hija aprovecho y me llevo el móvil, me dice “esho no numir mami, abraso?”

Aunque te guste un 1000% la tecnología, escoge un momento del día para sencillamente desconectar. Y disfrutar de lo que estés haciendo. Sea lo que sea. Creo que te va a gustar.

Yo, lo he probado, y me gusta. De hecho, cuando me uní a la iniciativa #reto21disfrutarconellos de Babytribu, intenté que fueran actividades no relacionadas con la tecnología (aunque para tomar fotos usara el teléfono… puedes ver el resultado aqui)

He descubierto que es diferente caminar por la calle y sentir de refilón el olor a hierba recién cortada (que me encanta) que disfrutar del camino y pasear oliéndola

He descubierto que es diferente comer mi comida favorita mientras respondo e-mails, que saborearla sin ninguna interrupción.

He descubierto que es diferente comer uno frente a otro que mirarse mientras “cenas juntos”

Y he descubierto que es totalmente diferente esperar que mi hija se duerma a mi lado mientras navego por internet, que dormirme abrazada a ella.

No necesitamos estar pendientes del teléfono todo el rato, no necesitamos estar expectantes a que brille la pantalla y nos diga mil cosas cada segundo.

No necesitamos que nuestros hijos crezcan con eso, que nos vean pendientes del teléfono. Que nos vean pegados al teléfono. Al principio son pequeños, y parece que no se enteran.

De repente crecen un poquito y están tan acostumbrados a verte con él que exigen usarlo ellos con igual facilidad. Como no parece nada malo, se lo dejamos un poquito, después un poco más. Y después crecerán un poco más y seremos nosotros los que estaremos intentando convencerles que suelten el teléfono un poquito: para comer, para disfrutar de la vista en un paseo, o sencillamente para mantener una conversación mirándonos a los ojos.

Me gusta pensar que voy a poder enseñarles a mis hijas a saborear el momento, transmitirles el gusto por los juegos de mesa, por los juegos de imaginación, por los libros de papel y si, a ratos, por juegos educativos para teléfonos o tablet. Pero un poco de todo.

Espero que si lees esto, y te convenzo, te animes a desconectar un ratito al día o un día a la semana…y te guste 🙂

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7 comentarios en “Érase una vez…

  1. Pingback: ¿soy adicta a Whatsapp? #bloggerschile | Asi piensa una mamá

  2. Me gusta todo lo que dices. Yo también tengo ratos para desconectar, si no, me volvería loca. Y muchas veces me siento mal porque estoy con mi hijo a medias mientros reviso el mail o contesto un whatsapp. Se nos ha olvidado que no hay que contestar al segundo, que no estás obligado a responder cada tontería de whatsapp en ese instante. Creo que imponerse ratos libres de la tecnología es como encontrar un oasis. Besos

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  3. ¡¡Pues mira qué bien!! Yo, por suerte, gracias a mi particular obsolescencia voluntaria respecto a las redes sociales y similares, no tengo ese problema. De hecho, hay días en que apago el teléfono por la noche (siempre apago el móvil por la noche; si alguien me quiere localizar para algo urgente, que llamen al fijo…) y se me olvida encenderlo hasta media mañana del día siguiente… ¡O hasta el mediodía!

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